“Tenía 19 años cuando llegué a las islas.
Hasta ese momento, la guerra era una palabra lejana, algo que uno escuchaba en los libros o en las noticias.
Hasta ese momento, la guerra era una palabra lejana, algo que uno escuchaba en los libros o en las noticias.
Pero allá, en Malvinas, todo cambió.
El frío no era solo una sensación: era una presencia constante. El viento, la humedad, el silencio... y, de pronto, el ruido ensordecedor de la guerra.
Éramos jóvenes. Muy jóvenes. Y, sin embargo, aprendimos en pocos días lo que muchos no aprenden en toda una vida: el valor de un compañero, la importancia de un abrazo, la necesidad de no bajar los brazos aun cuando todo parecía perdido.
Había miedo, claro que sí. Pero también había algo más fuerte: la convicción de que no estábamos solos.
Hoy, después de tantos años, uno entiende que la guerra deja marcas que no siempre se ven.
El frío no era solo una sensación: era una presencia constante. El viento, la humedad, el silencio... y, de pronto, el ruido ensordecedor de la guerra.
Éramos jóvenes. Muy jóvenes. Y, sin embargo, aprendimos en pocos días lo que muchos no aprenden en toda una vida: el valor de un compañero, la importancia de un abrazo, la necesidad de no bajar los brazos aun cuando todo parecía perdido.
Había miedo, claro que sí. Pero también había algo más fuerte: la convicción de que no estábamos solos.
Hoy, después de tantos años, uno entiende que la guerra deja marcas que no siempre se ven.
Pero también deja enseñanzas.
Nosotros no queremos ser recordados solo como soldados, sino como personas. Como hijos, como amigos, como argentinos que hicieron lo que pudieron en un momento muy difícil.
Y lo único que pedimos es memoria.
Memoria para los que no volvieron.
Y memoria para que nunca más tengamos que atravesar algo así.”
Recordar no es un gesto automático. No es repetir una fecha ni cumplir con una ceremonia. Recordar es un acto consciente. Es elegir no olvidar.
La Guerra de Malvinas no pertenece solo al pasado. Vive en las historias que aún se cuentan, en los silencios que todavía duelen, en las familias que siguen nombrando a quienes no volvieron.
Tal vez el verdadero homenaje no esté en las palabras que decimos hoy, sino en lo que hacemos después.
En cómo miramos a nuestros veteranos.
En cómo enseñamos esta historia.
En cómo construimos una sociedad que valore la vida, la paz y la dignidad.
Porque recordar Malvinas también es comprometernos con el presente.
Es entender que la patria no se defiende solo en un territorio, sino en los gestos cotidianos, en el respeto por el otro, en la construcción de un nosotros.
Nosotros no queremos ser recordados solo como soldados, sino como personas. Como hijos, como amigos, como argentinos que hicieron lo que pudieron en un momento muy difícil.
Y lo único que pedimos es memoria.
Memoria para los que no volvieron.
Y memoria para que nunca más tengamos que atravesar algo así.”
Recordar no es un gesto automático. No es repetir una fecha ni cumplir con una ceremonia. Recordar es un acto consciente. Es elegir no olvidar.
La Guerra de Malvinas no pertenece solo al pasado. Vive en las historias que aún se cuentan, en los silencios que todavía duelen, en las familias que siguen nombrando a quienes no volvieron.
Tal vez el verdadero homenaje no esté en las palabras que decimos hoy, sino en lo que hacemos después.
En cómo miramos a nuestros veteranos.
En cómo enseñamos esta historia.
En cómo construimos una sociedad que valore la vida, la paz y la dignidad.
Porque recordar Malvinas también es comprometernos con el presente.
Es entender que la patria no se defiende solo en un territorio, sino en los gestos cotidianos, en el respeto por el otro, en la construcción de un nosotros.
Que no se apague la memoria.
Que no se diluya el reconocimiento.
Que no se vuelva costumbre el olvido.
Que no se diluya el reconocimiento.
Que no se vuelva costumbre el olvido.
Y que, cada 2 de abril, no solo miremos hacia atrás, sino también hacia adelante, con la responsabilidad de ser una sociedad que aprende de su historia.
Prof. Norberto Hernández
